Cervatillo malo

Si Satán ha sido concebido en cine, no ha sido en La semilla del diablo sino en We need to talk about Kevin de Lynne Ramsay.

En We need to talk bout Kevin el argumento gira en torno a un chico que acaba provocando una matanza en un instituto. Sin embargo, la historia no hace hincapié en la matanza, que constituye poco más que una mera anécdota en la vida de un chico que encarna el MAL; sino en la relación con su madre durante su infancia y adolescencia, lo que parece que fue el caldo de cultivo de sus destructivos planes. Hacía mucho que no me sentía tan incomoda, incluso podría decir asustada, al ver una película que ni mucho menos es de terror. El modo en el que las distintas piezas van completando el puzzle del horror y aportan detalles macabros hace que la matanza en el instituto parezca un plan burdo entre tal despliegue de ensañamiento (dirigido en última instancia a su madre).

Siempre he sido más de contenido que de forma, y normalmente las estructuras narrativas que utilizan la  fragmentación y los continuos saltos en el tiempo como elementos básicos no me llaman la atención por sí solas, sobre todo porque se suelen aplicar a historias muy sencillas o sin mayor interés, de tal modo que la forma aporte algo de atractivo a una película que en otro caso resultaría muy sosa. Esta ha sido la primera vez que me han convencido del todo.

Los fragmentos pertenecientes a distintas situaciones casan como verdaderos engranajes de una maquinaria muy bien engrasada. Una secuencia en concreto toma dos episodios de la vida de la familia aislados y separados temporalmente. Separa el comienzo de uno y el final del otro y los une. El resultado es coherente y además consigue aumentar la tensión sumando la intensidad de las dos partes, que ya por separado tienen para repartir. Así ocurre con el resto de la película, y sientes  en tu propia carne que la vida con Kevin es el continuo dejá vu de una pesadilla.

Y sí, Satán es un adolescente guapo y desgarbado que tiene unas facciones muy marcadas pero que resultan femeninas, y al ser tan delgado y llevar esas camisetas tan pequeñas que no le tapan la tripa del todo y mirar a su madre con una cara entre “te quiero follar” y “te quiero matar”, termina dando mucha mucha grima. Olé por Ezra Miller y por el que tuvo la fantástica idea de ponerle esas camisetas.

Lo peor de la película es que abusa del efectismo y de los motivos, en este caso basados en el color rojo. No digo más que la primera escena es ni más ni menos que en la tomatina de Buñol. Para un español resulta gracioso el tono épico que ha dado a algo tan garrulo como las fiestas de un pueblo. Sin embargo, como no soy neutral ni pretendo serlo, me traicionan mis inclinaciones. Si algo está hecho para seducir, yo soy seducida cómo si el Conde Drácula en persona hubiera venido a ponerme ojitos. Todos los signos insinuando lo indecible por excesivo y vulgar, y confirmando una y otra vez (hasta resultar repetitivo, todo hay que decirlo) lo que estamos pensando me ponen la carne de gallina. Aquí un ejemplo de lo que hablo por si no ha quedado claro. También los motivos omnipresentes y bastante obvios como por ejemplo: rojo = sangre = culpa me gustan porque odio a los pedantes rebuscados. Y porque hoy estoy triste y quiero que me haya gustado la película, a pesar de que no sea el colmo de la sutilidad. We need to talk about Kevin mola.

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