Es muy difícil ser punk, pero ellos lo consiguieron

Es muy difícil guardar coherencia en todos nuestros actos, por eso es muy difícil ser punk. Sin embargo, estos chicos sabían lo que se hacían. Consiguieron lo que nadie había conseguido y que aún les cuesta un mundo a los diseñadores gráficos. Desde Sniffin’ Glue, Panache, pasando por Punk Chainsaw, demuestran coherencia con sus ideales en cada uno de los procesos y decisiones que envuelven la edición de una publicación. Gracias a este saber hacer nació el fanzine, esa publicación autoeditada, herramienta de los marginales -aquellos cuyas aficiones, ideas o intereses culturales se encuentran en los márgenes de la cultura mainstream- para relacionarse, compartir y ampliar sus redes. El fanzine, ahora es objeto de culto envuelto en nostalgia, debido a que internet ya da cabida y espacio de encuentro a todos los gustos y aficiones habidos y por haber. En ocasiones, se ha convertido en una mera opción estética, un formato más; sin embargo, sigue manteniendo esa intención de mantenerse al margen, empezar de cero, empezar limpio, decidir por uno mismo, adaptarnos a nuestro mensaje, hacer lo que nos venga en gana con cada palabra, cada cuartilla, rotulador, revista, o periódico, y sobre todo, con las tijeras y el pegamento. Sobre todo, libertad.

En este artículo que escribí para la universidad, podéis leer cómo se llevó a cabo este proceso de adaptación del medio al mensaje, qué hay detrás de cada aspecto y decisión técnica o estética, porque ninguna es aleatoria y en resumen, cómo surgieron los fanzines punk tal y como los conocemos (o recordamos).

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Buscando a John Fahey

Y aquella noche escuché a Bill Monroe.
¡Dios!
No estás a salvo en ninguna parte.
No del bluegrass.
No.
Era un sonido horrible, enloquecido. Me volví loco, perdí la chaveta. Era lo más repugnante que había escuchado nunca. Era un ataque terrorista revolucionario a mi sistema nervioso a través de la estética.

Era más negro que el disco más negro que había escuchado.
Me mutiló. Me tiró del sofá. Tenía la boca abierta y los ojos expandidos. Me encontré a mí mismo.
Nada fue lo mismo desde entonces.
He enloquecido.

John Fahey

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Tenía 15 años y el bluegrass de Bill Monroe destrozó su vida. Aún jugaba con los chicos del barrio en Takoma, Maryland cuando sintió que su futuro estaba inevitablemente ligado a una guitarra. Así pareció cargar con ese don transitando disco tras disco por todo tipo de géneros, desde danzas fúnebres y valses militares a villancicos, recorriéndolos con la maestría de sus dedos. Punteos enraizados en el blues y el folk tradicional americano que ponían los pelos de punta a burgueses con monóculo. John, despeinado, se sonaba los mocos en pleno auditorio y  daba rienda suelta a su alter ego musical al que el público y fans siempre perdonaban los pecados: Blind Joe Death, que firmó su primer disco y le acompañó hasta el imprescindible y ya clásico The Transfiguration of  Blind Joe Death (1965). Con Red Cross (2003) demostró que su don no se acababa en lo tradicional y se cambió a la guitarra eléctrica.

Ayer hace 12 años, el 22 de febrero de 2001 John Fahey muere y deja detrás su leyenda. Pero no fue el único hombre pegado a su guitarra. Muchos le precedieron y le sucederán, pero a mí me tira lo de aquí, lo que puedo tocar, lo instantáneo, lo presente. Y entre la amalgama de propuestas de la escena independiente nacional he encontrado dos joyas que me han tocado la fibra sensible.

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Negro, que con su nombre lo deja claro, acaba de anunciar las fechas de presentación de su segundo disco (y yo sin saber que había un primero). Pedales y guitarra eléctrica, control exquisito de los efectos, vanguardia y psicodelia, pero sin olvidarse de lo que es tocar de verdad una guitarra; con todos sus trastes y sus cuerdas. Sólo he encontrado y escuchado dos canciones suyas, eso sí, unas cien veces. No veo el momento de tener Formación del espíritu nacional entre mis manos. El 5 de abril estará en Madrid tocando en el nasti.

Carnisaur, un tesoro escondido. Con un único miembro, Miki, una de esas personas que en directo pierden la mirada y son poseídos por alguna fuerza sobrenatural; da miedo. En este proyecto mezcla su pasión por John Fahey en tiernas melodías punteadas, y la rabia y potencia desatadas de su vertiente más no-wave (esos Chien!), distorsión, griterío y arritmia.

Me gustan porque hacen nuevo lo que era viejo y lo sientes tuyo, con raíces, primitivo, sencillo y sincero.

¡El punk no ha muerto!

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Eloy Fernández Puerta dice en su libro Afterpop: La literatura de la implosión mediática:

“El punk siempre se presentó como gran estafa de la sociedad de consumo -como versión acelerada y obscenamente informalista de las premisas del pop-. La verdadera cultura pop -Disney, Spielberg- es idealista y moralista; el punk es su contrafigura. No diga: “El punk ha degenerado en pantomimas como Green Day”; Diga: “Milli Vanilli prueba que el punk sigue existiendo.”

Y yo digo que Gandia Shore, Ylenia es punk; intereconomía, la canción protesta de María Lapiedra, los fanzines y las casettes, Sticky Vicky, Benidorm, Josmar, Ramón el vanidoso, el pianista de Parada, los gitanos o la Yoli. Y muchos más que se me olvidan. Todos ellos demuestran que el punk sigue existiendo.

La Manic Pixie Dream Girl y el amor cortés

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Manic Pixie Dream Girl es un término acuñado allá en 2007 por el crítico de cine Nathan Rabinque describe este tipo de chica como una “criatura burbujeante, superficial y cinematográfica cuya única misión en la vida es enseñar a jóvenes tristes y pensativos a abrazar la vida y sus misterios infinitos y aventuras”. La apropiada aparición del término no hace sino señalar un ejemplo más entre los muchos estereotipos de mujeres ya existentes en la historia del cine. Desde las que salen mejor paradas, como las mujeres fatales del cine negro; a las peor paradas, aquellas sedientas de amor y desprecio masculino que pueblan el western clásico. Las Manic Pixie Dream Girl sólo existen en la imaginación de los hombres, pero gracias al cine cobran vida; del mismo modo que Ruby Sparks, la última MPDGaparece de la nada a medida que Calvin -su creador/imaginador- escribe sobre ella. Una metáfora más explícita, imposible.

La mayoría de las veces la única función de las MPDG es hacer que ellos despierten de su languidez crónica y se lancen a la vida. Son una especie de procurador de felicidad en forma de pasión, de afán de superación y optimismo. En general, les invitan con sus maneras excéntricas a continuar su camino y perseguir sus sueños, dejándolas a un lado del maravilloso camino que les queda por recorrer. No son compañeras, no comparten objetivos ni sueños, sólo orbitan durante un corto periodo de tiempo en torno al deseo y la fascinación de ellos, hasta que estos son capaces de avanzar por sí mismos. Hombres tristes, raros, solitarios, tímidos, cobardes, que en realidad adolecen de los rasgos maniquéos de lo que me atrevo acuñar como “síndrome Michael Cera“, que empieza a asomar la cabeza en Juno y se confirma descaradamente en Youth in revolt -pero dejemos este estereotipo masculino para otro artículo, que da para reflexionar largo y tendido-. Estos chicos sufren, no lo vamos a negar. Sufren porque llega el momento en que se hace palpable la distancia entre su ideal y la realidad. Pero este momento llega cuando están preparados para abandonar el nido, ese hueco mullido entre los pechos de su MPDG. Ahí, la chica hace su salida y deja en libertad a un hombre renovado. Valgan los ejemplos: Calvin (Paul Dano) en Ruby Sparks, decidido a amar por fin sin comportamientos enfermizos; Tom (Joseph Gordon-Levitt) en 500 días juntos se lanza a comenzar su carrera como arquitecto o Paul (George Peppard) en Desayuno con diamantes, de repente colmado de inspiración para seguir con su escritura. Todo ello gracias a ellas, Ruby Sparks (Zoe Kazan), Summer (Zooey Deschanel) o Holly Golightly (Audrey Hepburn), la combinación perfecta de musa/objeto que permite al hombre liberar sus verdaderos impulsos creativos.

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La ideología del amor cortés apunta expresamente la exaltación ideal de la mujer como cosa/objeto deseado. Pero en realidad esta mujer es un fantasma masculino. Como objeto ideal funciona como un espejo en el que el sujeto proyecta su ideal narcisista. Igual que un artista imagina su modelo, la mujer aparece no como es, si no como llena el sueño de él. Tal es el modo en que aparece la MPDG en las películas, llenando de color y optimismo la vida de ellos. Igual que la Dama del amor cortés llenaba de fantasías y poemas de amor el ocio de los aristócratas, la MPDG cierra como por azar todos los vacíos del alma atormentada del protagonista.

Hay algunas listas de Manic Pixie Dream Girls históricas. Hay quien nombra a Sam (Natalie Portman) en Algo en común como la MPDG por excelencia, que aparece en una consulta del médico para hacer de la vida un lugar mejor. Catherine (Jeanne Moreau) en Jules et Jim es a veces nombrada como MPDG y no estoy en absoluto de acuerdo; Catherine es una mujer independiente, que sabe cuales son sus objetivos, que se los transmite a los hombres que la rodean y estos la admiran por lo que es, una mujer fuerte. Y en general, la vida de ellos acaba complicándose cada vez más y ni de lejos llenándose de brillantina y fuegos artificiales -aunque a veces les amenice cantando desde su mecedora-. Por otro lado, hay quien se pregunta si Clementine (Kate Winslet) en Olvídate de mí  puede entrar dentro del saco, ya que ella sí que da muestras de tener una vida interior más allá de si canta al son de Belle & Sebastian o de The Shins. Y, sin duda, mi MPDG favorita es Maude (Ruth Gordon) de Harold & Maude, a sus setenta años se propone conseguir que Harold salga de su depresiva y gris rutina de rarito y empiece a disfrutar de la larga vida que tiene por delante. Todo lo que hace ella es para abrirle los ojos a Harold, y quizá por eso es una MPDG a conciencia.

Por supuesto que las MPDG tienen historia, tienen vida interior, lloran y se tiran pedos. Simplemente nosotros no las vemos. Como personajes, siempre felices, son maravillosos. Pero eso son, un personaje, no una mujer real. La aparición de la Manic Pixie Dream Girl como figura femenina en las relaciones hombre-mujer en el cine, tiene la misma consecuencia que la Dama en el amor cortés clásico: la desaparición de la mujer de carne y hueso con sus sueños, preocupaciones y objetivos vitales, para ser sustituida por una proyección narcisista del hombre.

El deseo (insatisfecho) de ser punk de Belén Gopegui

Lo mejor: Iggy en la portada.
De la producción literaria de Belén Gopegui sólo conozco el principio y el final. Su primera novela La escala de los mapas parecía ser la punta de un iceberg grandioso y bien modelado. Un comienzo brillante con una novela que corta la respiración y produce taquicardias. Comencé Deseo de ser punk con la seguridad de estar volviendo a un lugar conocido y caliente. Además, una novela con una adolescente por protagonista y la palabra punk en el título pone el listón de mis expectativas muy alto, y por eso mismo debí haber previsto cuán dura podría ser la caída. He de reconocer que ignoro el intervalo entre estos libros, pero se me antoja infinito, pues la distancia que les separa es abismal.
 
Martina, la protagonista de Deseo de ser punk, es una adolescente perdida, esclava de unas circunstancias que en este caso todos compartimos ya que se sitúa en nuestro espacio – tiempo y valga añadir: crisis. En cuanto a la forma, se ordena como una novela epistolar escrita con gruesos trazos de compromiso social y que será y es inevitablemente comparada con El guardián entre el centeno, a pesar de que que no trasmite ni una milésima parte del sentir adolescente -tal y cómo sí hacía aquella-, quizá porque esta etapa le quede muy lejos a su autora.
 
En cuanto a las ideas políticas de Martina la autora ha intentado alejarlas de la postura frívola y hedonista del punk de la movida que se conforma con celebrar el momento presente -lo único que tenemos- y acercarlas a la postura del punk británico donde la consigna del “No futuro” no funciona como excusa para la fiesta, sino que era el detonante de una protesta a través de la música. Y no a través de una música cualquiera, sino de una “que te atraviesa el cuerpo de parte a parte” en palabras de Gopegui, una que escupe contra la sociedad, contra los que nos han negado el futuro. La música pretende funcionar en la novela cómo la estructura osea, dotando de originalidad y matices a un cuerpo de por sí flácido, pero sólo consigue sumar unas cuantas canciones que parecen elegidas aleatoriamente. Cae en la obviedad al establecer una dicotomía simplona entre las canciones que escuchan sus padres: las lentas, melancólicas, de amor, etc. y las que escucha ella: las más potentes y gamberras. Aunque parece resolverlo bien con la elección final que se supone una fusión de ambas categorías: una desgarradora versión que hace Iggy Pop de una de esas rancias canciones de sus padres. Ésta serviría de advertencia y a la vez de puente entre generaciones. Este sentido que le da a la música como vehículo de lucha y lugar de pertenencia resulta acertado en la medida que lo vincula al sentido político que tenía el punk británico a finales de los ochenta en una sociedad eternamente estigmatizada por una sangrante división de clases. Pero aunque la idea es correcta y potencialmente puede dar mucho juego para estructurar una novela, el medio escrito no es el sonoro y hay que hilar muy fino para dotarlo de la misma fuerza inmediata que tiene la música. 
En la forma la autora intenta adoptar el lenguaje y expresiones de un adolescente, ya que su voz, según Gopegui, no está coartada por lo literario. Desde luego al leer la novela da la impresión de haber conseguido su objetivo: parece escrito por un adolescente cualquiera. Un adolescente medio. Mediocre debería decir. La voz de Martina es genuinamente mediocre para expresarse. Como tal no es capaz de transmitir la rabia de esa edad, ni la mala hostia del punk, porque los adolescentes tienen los dientes y los puños, los ojos y las lágrimas, e incluso los labios y la lengua, pero no las palabras. La adolescente que llevo dentro esperaba leer un manifiesto sobre el punk exquisitamente escrito, tal y como estaba escrito La escala de los mapas, que trasmitiera de verdad lo que se siente en esa etapa. Sin embargo, no es capaz de traducirlos frustrados balbuceos adolescentes y se contenta en dejarlos tal cual, en aras de la autenticidad. Hay quien traduce esta angustia, compartida por el punk y la adolescencia, en lo que sería el equivalente lingüístico al ruido en la música. José Ángel Mañas lo lleva a cabo en la Tetralogía Kronen. Este autor intentaba adaptar los ideales del punk, el do it yourself y la emoción por encima de la técnica al proceso literario. Proclama un descenso a lo básico, la creación de un antiestilo, oralidad y anarquía, un retorno a lo pueril e ingenuo. Renuncia por tanto a cualquier tipo de norma y academicismo. Algunos de su métodos son la anarquía ortográfica (sustitución de la c por la k, y la v por la b), la utilización del argot y neologismos a través de la españolización de palabras extranjeras o a la transcripción de sonidos. Gopegui no llega a acercarse a la experimentación sobre el lenguaje y prefiere acatar las normas (lo que sinceramente agradezco) y aunque hay tímidos intentos de acercarse al argot, es demasiado inocente. Al intentar salirse del estereotipo se queda en un gris mate, lejos de ser radical y estableciéndose en el remanso de lo correcto. Hubiera sido una maniobra interesante acercarse a esa pornografía emocional de la que habla Mañas justo desde el lado que él desprecia, el lado del virtuosismo lingüístico y el apego a técnica brillante; el lado que justamente ella domina, o eso me hizo creer en La escala de los mapas.
La intencionada adaptación lingüística en mi opinión supone una enorme rémora que constriñe toda la novela al limitar sus formas de expresión. Y consolida mi convicción de que cualquier escritor tiene el deber de escribir bien, al margen de otras pretensiones literarias. La sintaxis, el léxico, la semiótica, etc. son las matemáticas más precisas y obtusas; pocos son los que tienen el don de manejarlas con genio. Belén Gopegui, que demostró ser conocedora de los secretos de la combinatoria léxico-sintáctica y de los resultados semióticos de tales malabarismos. Que forjó un estilo propio sin necesidad de terrorismos lingüísticos y dotándolo de una dureza y sequedad que ninguna k mal puesta alcanzaría, comete el error de bajar el nivel al de un adolescente. Como hijos del sistema educativo español todos sabemos cuán limitada es la capacidad de expresión de un adolescente. Incluso más allá de las fronteras del “guay”, “mazo”, “mierda” y el consabido repertorio de tacos, allí dónde los diarios íntimos y blogs con ínfulas literarias tienen su caldo de cultivo, la retórica de instituto sigue dejando mucho que desear. Al contrario de lo que opina Gopegui creo que la voz del adolescente no es que no esté coartada por lo literario, sino que carece de la libertad que otorga el dominio de lo literario y del poder de expresar certeramente una idea. La literatura es un corsé que resalta la figura, pero es duro de llevar. Quien no se quiera atener a sus broches que no lo haga, pero aquel que se atreva tendrá que lidiar con él. En Deseo de ser punk parece que algunos lazos se han quedado sueltos. Belén Gopegui le ha negado la potencia de una voz original y fuerte a Marina, cuando las ideas de esta eran dignas de haber sido escupidas con maestría. De este modo, sólo ha conseguido una fábula decadente en lugar de un grito desgarrador contra el futuro.

Defensa de Madrid

Más a cuento habría venido esta entrada el 2 de Mayo, pero recién pasadas las fiestas de San Isidro me han entrado ganas de dedicarle un ¡olé! a mi Madrid querido. A sus calles y sus plazas, al vermú de grifo y al cocido madrileño, a su discreción en sus festejos, y a lo castizo, con mucha honra. Para folklore tímido pero a la vez exaltado, los chotis madrileños y sus letras disfrutonas: El himno por excelencia a cantar en cualquier momento. Y sí, es Lola Flores cantando un chotis, a pesar de que mi madre se sorprenda cada vez que lo comento.

¡LA QUE QUIERA COGER PECES QUE SE MOJE EL TRALARÁ! Con esta frase mítica de La chica del 17 inauguramos la comida de San Isidro el pasado 15 de Mayo en casa de Cecilia, que acabó, como manda la tradición, en las vistillas. Y no pudo haber cosa más castiza que el concurso de talentos llamado “Tú si que Chotis”, el 12 de Mayo por la tarde. Eso sí que es sinvergonzonería para poner un nombre. ¡Toma ya! Y además oficiado por Olga María Ramos, estrella del Chotis internacional. Aquí otra versión de Madrid, esta vez cantado por ella. El vídeo es un despropósito, pero nótese el maravilloso juego de voces del minuto 1:30 en adelante.

Pero claro, qué van a decir los madrileños de Madrid, más que cosas buenas. Por eso copio dos párrafos de Ernest Hemingway extraídos de Muerte en la tarde en los que plasma su adoración por la ciudad y que me llegaron al corazón.

“Madrid, en cualquier caso, es un sitio curioso. No creo que llegue a gustarle a nadie cuando se va por primera vez. No tiene la catadura que uno espera que va a tener España. No es pintoresco. Es más moderno que pintoresco, no hay trajes regionales, no hay sombreros cordobeses, como no sea en la cabeza de algunos chalados, no hay castañuelas ni esa repugnante farsa de las cuevas de gitanos de Granada, por ejemplo. No hay en la ciudad un solo lugar de color local para los turistas. Y sin embargo, cuando se conoce Madrid, es la ciudad más simpática, y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Las otras grandes ciudades son todas grandes ciudades típicas de provincias, andaluzas, o catalanas, o vascas o aragonesas o de cualquier otra provincia. Y la esencia, cuando realmente es la esencia, puede estar contenida en una botella de vidrio ordinario, no hacen falta etiquetas fantásticas; no hacen falta en Madrid trajes folklóricos. Cualquier clase de edificio que se construya, incluso aunque se parezca enormemente a los que se construyeron en Buenos Aires, cuando se le ve encuadrado en ese cielo de Madrid se sabe que uno está en Madrid. Y aunque Madrid no tuviera más que su Museo del Prado, valdría la pena ir a pasar allí un mes todas las primaveras si no tiene dinero suficiente para pasarse un mes en una ciudad europea. Pero cuando se puede tener al mismo tiempo el Prado y los toros, con El Escorial a dos horas apenas al Norte y Toledo al Sur, con una buena carretera que os llevará a Ávila y una buena carretera que os llevará a Segovia, y a un paso de Segovia, La Granja, se experimenta una pena muy grande pensando que, al margen del problema de la inmortalidad, será preciso morirse algún día y no volverlo a ver.”

Esa última frase es verdaderamente épica, a mi casi me salta la lagrimilla. ¡Olé por Ernesto! ¿a qué dan ganas de salir a festejar Madrid?

Cervatillo malo

Si Satán ha sido concebido en cine, no ha sido en La semilla del diablo sino en We need to talk about Kevin de Lynne Ramsay.

En We need to talk bout Kevin el argumento gira en torno a un chico que acaba provocando una matanza en un instituto. Sin embargo, la historia no hace hincapié en la matanza, que constituye poco más que una mera anécdota en la vida de un chico que encarna el MAL; sino en la relación con su madre durante su infancia y adolescencia, lo que parece que fue el caldo de cultivo de sus destructivos planes. Hacía mucho que no me sentía tan incomoda, incluso podría decir asustada, al ver una película que ni mucho menos es de terror. El modo en el que las distintas piezas van completando el puzzle del horror y aportan detalles macabros hace que la matanza en el instituto parezca un plan burdo entre tal despliegue de ensañamiento (dirigido en última instancia a su madre).

Siempre he sido más de contenido que de forma, y normalmente las estructuras narrativas que utilizan la  fragmentación y los continuos saltos en el tiempo como elementos básicos no me llaman la atención por sí solas, sobre todo porque se suelen aplicar a historias muy sencillas o sin mayor interés, de tal modo que la forma aporte algo de atractivo a una película que en otro caso resultaría muy sosa. Esta ha sido la primera vez que me han convencido del todo.

Los fragmentos pertenecientes a distintas situaciones casan como verdaderos engranajes de una maquinaria muy bien engrasada. Una secuencia en concreto toma dos episodios de la vida de la familia aislados y separados temporalmente. Separa el comienzo de uno y el final del otro y los une. El resultado es coherente y además consigue aumentar la tensión sumando la intensidad de las dos partes, que ya por separado tienen para repartir. Así ocurre con el resto de la película, y sientes  en tu propia carne que la vida con Kevin es el continuo dejá vu de una pesadilla.

Y sí, Satán es un adolescente guapo y desgarbado que tiene unas facciones muy marcadas pero que resultan femeninas, y al ser tan delgado y llevar esas camisetas tan pequeñas que no le tapan la tripa del todo y mirar a su madre con una cara entre “te quiero follar” y “te quiero matar”, termina dando mucha mucha grima. Olé por Ezra Miller y por el que tuvo la fantástica idea de ponerle esas camisetas.

Lo peor de la película es que abusa del efectismo y de los motivos, en este caso basados en el color rojo. No digo más que la primera escena es ni más ni menos que en la tomatina de Buñol. Para un español resulta gracioso el tono épico que ha dado a algo tan garrulo como las fiestas de un pueblo. Sin embargo, como no soy neutral ni pretendo serlo, me traicionan mis inclinaciones. Si algo está hecho para seducir, yo soy seducida cómo si el Conde Drácula en persona hubiera venido a ponerme ojitos. Todos los signos insinuando lo indecible por excesivo y vulgar, y confirmando una y otra vez (hasta resultar repetitivo, todo hay que decirlo) lo que estamos pensando me ponen la carne de gallina. Aquí un ejemplo de lo que hablo por si no ha quedado claro. También los motivos omnipresentes y bastante obvios como por ejemplo: rojo = sangre = culpa me gustan porque odio a los pedantes rebuscados. Y porque hoy estoy triste y quiero que me haya gustado la película, a pesar de que no sea el colmo de la sutilidad. We need to talk about Kevin mola.