Pelléas et Mélisande de Debussy

Ayer fui al Teatro Real a ver Pelléas et Mélisande una ópera de Debussy, dirigida por Robert Wilson. Lo que más me sorprendió (según criterio de una ignorante de la ópera) fue el texto, tanto en contenido como en la declamación, pues no era otra cosa más que declamación. El texto en francés estaba traducido por unos subtítulos que daba mucha pereza leer por no apartar la vista de lo que ocurría en escena. Debussy decía que la música empieza donde la palabra es impotente para expresar, ¡y vaya si eran impotentes para expresar esos carteles luminosos! Pero ya lo dice Julia Kristeva en el libreto, esa “palabra inútil” compuesta por frases discretas y personales, que fue aportada por Maeterlink, autor del texto dramático, se fusiona perfectamente con la música cautiva de lo sensible de Debussy, y nadie mejor que Robert Wilson con sus minimalistas pero impresionantes escenografías y su sobria puesta en escena para completar el trabajo.

Gracias a Dios que Debussy no hizo caso al por entonces subsecretario de Estado de Bellas Artes, quien exigió que se suprimiera la escena cuarta del acto tercero, en la que Golaud obliga a Yniold, niño de unos diez años e hijo de su primer matrimonio, a que espíe a su tío Pelléas y a su madrastra Mélisande. Esta escena, la última antes de la pausa, fue la más emocionante y tensa de toda la obra, que en general se desarrollaba con lentitud, tanto en los movimientos de los actores, como en el transcurso de los acontecimientos. Sin embargo, en poco menos de diez minutos -la obra dura 2h 45m- sin abusar del aspaviento y con un fuera de campo maravilloso que expande el espacio del teatro real al infinito nos deja la miel en los labios para la pausa, y con demasiadas expectativas para los dos últimos actos.

De casualidades va la cosa: Al llegar a casa me he encontrado en La 2, un reportaje en Programa de Mano sobre Pelléas et Melisande, y acto seguido (nunca mejor dicho) mi antigua profesora de prácticas, Laia Falcón, cantando a Kurt Weill, quien a su vez puso la música a la ópera de Bertolt Brecht Die Dreigroschenoper, que por vueltas del destino tuve la fortuna de ver en la legendaria Berliner Ensemble (Berlín) dirigida también -y aquí se cierra el círculo- por Robert Wilson.

Y aún así me aburrí. ¿Quién se va a parar a leer unos diálogos cuya esencia es la banalidad? Más me hubiera valido mirar al precioso escenario y a los actores y escuchar la música.

“Cuando no se consagran en cuerpo y alma las revoluciones como en el XVIII, los fines de siglo se entregan a los estados amorosos (como en el XIX y, la prueba, en el nuestro, el XX). ¿Por qué? Quizá haya que ver en ello dos modos distintos de afrontar lo que, no sin algún regusto goloso, suele llamarse la “crisis”: el uno, más optimista, aspira a cambiar los vínculos sociales; el otro, más desengañado, se curva hacia los adentros y privilegia el encuentro, el instante.”

                                                                                   Julia Kristeva