¡El punk no ha muerto!

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Eloy Fernández Puerta dice en su libro Afterpop: La literatura de la implosión mediática:

“El punk siempre se presentó como gran estafa de la sociedad de consumo -como versión acelerada y obscenamente informalista de las premisas del pop-. La verdadera cultura pop -Disney, Spielberg- es idealista y moralista; el punk es su contrafigura. No diga: “El punk ha degenerado en pantomimas como Green Day”; Diga: “Milli Vanilli prueba que el punk sigue existiendo.”

Y yo digo que Gandia Shore, Ylenia es punk; intereconomía, la canción protesta de María Lapiedra, los fanzines y las casettes, Sticky Vicky, Benidorm, Josmar, Ramón el vanidoso, el pianista de Parada, los gitanos o la Yoli. Y muchos más que se me olvidan. Todos ellos demuestran que el punk sigue existiendo.

La Manic Pixie Dream Girl y el amor cortés

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Manic Pixie Dream Girl es un término acuñado allá en 2007 por el crítico de cine Nathan Rabinque describe este tipo de chica como una “criatura burbujeante, superficial y cinematográfica cuya única misión en la vida es enseñar a jóvenes tristes y pensativos a abrazar la vida y sus misterios infinitos y aventuras”. La apropiada aparición del término no hace sino señalar un ejemplo más entre los muchos estereotipos de mujeres ya existentes en la historia del cine. Desde las que salen mejor paradas, como las mujeres fatales del cine negro; a las peor paradas, aquellas sedientas de amor y desprecio masculino que pueblan el western clásico. Las Manic Pixie Dream Girl sólo existen en la imaginación de los hombres, pero gracias al cine cobran vida; del mismo modo que Ruby Sparks, la última MPDGaparece de la nada a medida que Calvin -su creador/imaginador- escribe sobre ella. Una metáfora más explícita, imposible.

La mayoría de las veces la única función de las MPDG es hacer que ellos despierten de su languidez crónica y se lancen a la vida. Son una especie de procurador de felicidad en forma de pasión, de afán de superación y optimismo. En general, les invitan con sus maneras excéntricas a continuar su camino y perseguir sus sueños, dejándolas a un lado del maravilloso camino que les queda por recorrer. No son compañeras, no comparten objetivos ni sueños, sólo orbitan durante un corto periodo de tiempo en torno al deseo y la fascinación de ellos, hasta que estos son capaces de avanzar por sí mismos. Hombres tristes, raros, solitarios, tímidos, cobardes, que en realidad adolecen de los rasgos maniquéos de lo que me atrevo acuñar como “síndrome Michael Cera“, que empieza a asomar la cabeza en Juno y se confirma descaradamente en Youth in revolt -pero dejemos este estereotipo masculino para otro artículo, que da para reflexionar largo y tendido-. Estos chicos sufren, no lo vamos a negar. Sufren porque llega el momento en que se hace palpable la distancia entre su ideal y la realidad. Pero este momento llega cuando están preparados para abandonar el nido, ese hueco mullido entre los pechos de su MPDG. Ahí, la chica hace su salida y deja en libertad a un hombre renovado. Valgan los ejemplos: Calvin (Paul Dano) en Ruby Sparks, decidido a amar por fin sin comportamientos enfermizos; Tom (Joseph Gordon-Levitt) en 500 días juntos se lanza a comenzar su carrera como arquitecto o Paul (George Peppard) en Desayuno con diamantes, de repente colmado de inspiración para seguir con su escritura. Todo ello gracias a ellas, Ruby Sparks (Zoe Kazan), Summer (Zooey Deschanel) o Holly Golightly (Audrey Hepburn), la combinación perfecta de musa/objeto que permite al hombre liberar sus verdaderos impulsos creativos.

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La ideología del amor cortés apunta expresamente la exaltación ideal de la mujer como cosa/objeto deseado. Pero en realidad esta mujer es un fantasma masculino. Como objeto ideal funciona como un espejo en el que el sujeto proyecta su ideal narcisista. Igual que un artista imagina su modelo, la mujer aparece no como es, si no como llena el sueño de él. Tal es el modo en que aparece la MPDG en las películas, llenando de color y optimismo la vida de ellos. Igual que la Dama del amor cortés llenaba de fantasías y poemas de amor el ocio de los aristócratas, la MPDG cierra como por azar todos los vacíos del alma atormentada del protagonista.

Hay algunas listas de Manic Pixie Dream Girls históricas. Hay quien nombra a Sam (Natalie Portman) en Algo en común como la MPDG por excelencia, que aparece en una consulta del médico para hacer de la vida un lugar mejor. Catherine (Jeanne Moreau) en Jules et Jim es a veces nombrada como MPDG y no estoy en absoluto de acuerdo; Catherine es una mujer independiente, que sabe cuales son sus objetivos, que se los transmite a los hombres que la rodean y estos la admiran por lo que es, una mujer fuerte. Y en general, la vida de ellos acaba complicándose cada vez más y ni de lejos llenándose de brillantina y fuegos artificiales -aunque a veces les amenice cantando desde su mecedora-. Por otro lado, hay quien se pregunta si Clementine (Kate Winslet) en Olvídate de mí  puede entrar dentro del saco, ya que ella sí que da muestras de tener una vida interior más allá de si canta al son de Belle & Sebastian o de The Shins. Y, sin duda, mi MPDG favorita es Maude (Ruth Gordon) de Harold & Maude, a sus setenta años se propone conseguir que Harold salga de su depresiva y gris rutina de rarito y empiece a disfrutar de la larga vida que tiene por delante. Todo lo que hace ella es para abrirle los ojos a Harold, y quizá por eso es una MPDG a conciencia.

Por supuesto que las MPDG tienen historia, tienen vida interior, lloran y se tiran pedos. Simplemente nosotros no las vemos. Como personajes, siempre felices, son maravillosos. Pero eso son, un personaje, no una mujer real. La aparición de la Manic Pixie Dream Girl como figura femenina en las relaciones hombre-mujer en el cine, tiene la misma consecuencia que la Dama en el amor cortés clásico: la desaparición de la mujer de carne y hueso con sus sueños, preocupaciones y objetivos vitales, para ser sustituida por una proyección narcisista del hombre.

Dices que no me gusta David Lynch

Nunca me he cansado de afirmar que mi película preferida de David Lynch es Una historia verdadera, con lo que la gente concluía que no me gustaba David Lynch. He de decir que las historias sobre relaciones de hermanos me fascinan en cualquiera de sus variaciones, desde Inseparables de David Cronenberg, pasando por Basket Case de Frank Hennenloter a las hermanas Bennet o Dashwood en las novelas de Jane Austen. Además Una historia verdadera siempre ha tenido para mí un atractivo que no tenían el resto de películas de Lynch. Si estas no me sedujeron fue debido a su homogeneización con el resto de la producción cultural contemporánea. Me explico.

En el arte la corrupción, putrefacción, carnalidad, perturbación y asco son conceptos que se manejan en mucha de la producción artística posterior a los años 70. La Nueva carne y la figura del cuerpo posthumano a la búsqueda de una vuelta de tuerca cada vez más salvaje. También en entornos académicos las recientes teorías de género están ilustradas por la pornografía, en concreto con ejemplos sacados del postporno, una corriente pornográfica que nació en EEUU en los años 90 y que pretende salirse de la industria y “representar las sexualidades alternativas” (¿lluvia arco-iris?).

Un efecto de esta cultura que se alimenta (más bien, se engorda) del exceso en todos los territorios es la pérdida por parte de la perversión de su cualidad de subversión. Otra consecuencia lógica del abuso y posterior normalización del desvío es una progresiva anestesia de la sensibilidad a este tipo de estímulos. Yo, a pesar de que lo último que soy es inmune a los bombardeos culturales de turno o a cualquier efecto negativo que puedan provocar, no me sentí especialmente impactada por sus películas anteriores (exceptuando El hombre elefante que me hizo llorar a mares, pero esa es otra historia).  
En cambio, Una historia verdadera, aparentemente inofensiva y para toda la familia,  se encuentra enmarcada por un despliegue de pervertidos, desviaciones sexuales y comportamientos violentos cómo es la enfermiza filmografía de Lynch. Me llamó la atención justamente por estar completamente fuera de lugar. A straight story ya en su título original (y en su producción: Walt Disney) dejaba claro el cambio de registro.

Al final ha sido de nuevo Slavoj Žižek el que me ha aclarado las ideas y dado una pista sobre el origen de mi fascinación por Alvin Straight, un personaje de primeras tradicional y aferrado a unos valores aparentemente caducos. Žižek plantea que es exactamente esto lo que le hace especial ya que su férreo posicionamiento en favor de la fidelidad fraternal se alza como lo verdaderamente subversivo en un mundo posmoderno donde el compromiso ético radical es percibido como algo ridículo y trasnochado. Alvin es auténticamente extravagante en tal coyuntura. El sujeto ético se opone al sujeto posmoderno adaptado al orden existente y sosteniéndolo a base de añadir nuevas invenciones al gran saco de la perversión y caracterizado por, lo que sería la característica auténtica del sujeto posmoderno: una frialdad que persiste tras la normalización sistemática.

De este modo, el sujeto ético es el que más amenaza el orden existente, y la serie de pervertidos lyncheanos (Frank en Terciopelo Azul o Bobby Perú en Corazón Salvaje) en último término sólo lo sostienen. Para entenderlo mejor, tomemos como ejemplo el extremo enfermo de la actitud ética, el trastorno obsesivo compulsivo, que se caracteriza por la rigidez de su naturaleza moral. Mientras que la ética la definimos como el conjunto de valores y principios ideológicos que rigen el bien común y social de las personas, la moral es el orden de principios personales, en el sentido de cómo la persona se relaciona con la ética. En este caso la excesiva rigidez moral provoca que cualquier traición a la ética suponga una traición a uno mismo. En el momento en que se busque la normalización del sujeto enfermo, esta actitud ética (obsesiva) ha ser traicionada, por ejemplo, para entrar en una relación sentimental estándar o conseguir un trabajo rutinario. Se producirán por tanto conflictos o luchas entre su moral personal y la moral que impera en las amistades, la sociedad o en la propia familia. Al margen de trastornos mentales, con cualquier normalización de un sujeto se pierde la actitud ética propia y también lo que le da su atractivo como persona, se convierte en un cálido ser humano, vulgar y aburrido. En la vertiente malvada la elección ética se puede acercar en sí misma a una perversión si el Mal fuera una especie de misión para el sujeto ético, en cuyo caso, estaría más acorde con el tono mantenido actualmente por aparato cultural-económico, obligado a tolerar y promover el impacto en sus productos.

La actitud ética radical de Alvin, aferrada a la fidelidad fraternal, no es en absoluto un camino de rosas y los obstáculos que se presentan le llegan a poner en peligro de muerte, la Fidelidad es su misión. Alvin es el verdadero personaje original y poético. El contrapunto perfecto a toda una filmografía plagada de transgresiones, Alvin Straight es una renuncia a la transgresión, una renuncia a continuar con el discurso dominante.

Azotar antes de usar

Advertencia: Todas mis impresiones sobre Un método peligroso se deben a un exceso de expectativas y unas ideas preconcebidas de lo que es (y ha de ser) “Cronenberg”. Si se tratara de cualquier otro, es decir, de un cualquiera, incluso podría decir que me ha gustado, pero en este caso no puedo más que sentir una profunda decepción.

Se pueden presentar comportamientos y obsesiones sexuales sin aspavientos, tal y como ocurre en Crash. Y al contrario hacer del hecho más anodino y común un festival de retorcidas aventuras, que es el caso de Una historia de violencia. Esas contradicciones y vueltas de tuerca que tanto me gustan de las películas de David Cronenberg aparecen en la película que aquí nos atañe edulcoradas y simplificadas. Empezando por lo que menos me ha gustado: Keira Knightley. Su personaje se sustenta en unas cuantas muecas y en una milagrosa recuperación que parece basarse en la aceptación de su masoquismo y la superación del sentimiento de culpa. Su trastorno masoquista queda reducido a un estereotipo ridículo que no arriesga lo más mínimo, pues a nadie le sorprenden ya cuatro azotes en el trasero. Resolverlo así parece una solución demasiado sencilla, teniendo en cuenta la facilidad de Cronenberg para reflejar asuntos escabrosos y de tipo sexual desde una perspectiva, ya no realista, sino cruda, sin concesiones y sin autocensura. Aunque hay quien pueda decir que sus historias son retorcidas, no se trata de provocación gratuita, pues las imágenes que crea por más surrealistas que parezcan -pienso ahora en Inseparables o incluso en las repulsivas transformaciones de La mosca-, tienen su eco en la realidad y hacen referencia a un aspecto de la naturaleza humana que no suele ser reflejado en las películas. Por eso la falta de sutilidad de Un método peligroso me indigna.

No puedo dejar de pensar en Secretary, película que trata el masoquismo (y como su complementario también el sadismo) cómo tema principal de un modo esclarecedor, presentándolo como una tendencia sexual que afecta no sólo al momento del acto sexual, sino a todos los ámbitos de la vida. En la película de Cronenberg esto queda bien explicado por Sabina Spielrein en su primera sesión psicoanalítica, cuando explica que toda humillación, por mínima que sea, le excita. Pero está declaración se queda en agua de borrajas en el resto del metraje. Sin embargo, la escena de Secretary en la que la protagonista se masturba mirando las pequeñas correcciones que ha hecho su jefe en su texto mecanografiado es la plasmación perfecta en imágenes de lo que Sabina explica, y no hacía falta decir nada más.

Un tema que de base podría ser controvertido, se encuentra reducido a su más mínima y ramplona expresión. Se basa, por el amor de Dios, en una teoría con implicaciones psicológicas infinitamente más interesantes que el masoquismo. La excusa de que ese no es el tema principal de la película y por eso no está desarrollado, no sirve, pues no es necesario simplificar un tema secundario pudiendo insinuarlo de un modo elegante sin necesidad de profundizar. Además, igual que el trastorno de Sabina, todos los temas y líneas que recorre se van diluyendo a medida que avanza la película, la relación Jung – Sabina, la relación Jung – Freud, los polémicos inicios de la teoría psicoanalítica, el debate teórico entre Jung y Freud… sin dejar ningún poso en el espectador.

Para ahorrarme muchas otras críticas amargas sobre Viggo Mortensen como Freud o sobre el final de la película, mencionaré lo único que me ha gustado, y es como parece que la construcción de los personajes depende directamente de lo expuesto en la teoría psicoanalítica sobre las tres instancias que componen la psique humana: Sabina con un Ello incapaz de reconciliarse con su Yo, la lucha del enorme y represor SuperYó del Dr. Jung con un Ello en aumento y Freud, curiosamente, como el perfecto equilibrio de las tres instancias. Por ello, acaban resultando personajes planos, dominados por pulsiones primitivas o represiones morales. El más claro ejemplo es el  personaje de Vincent Cassel cuya única función es espolear los deseos reprimidos del Dr. Jung. Es ni más ni menos que su Ello en persona. Esta traslación del tema a la trama es lo más interesante que encuentro y sin embargo, no me acaba de convencer en Cronenberg, pues yo esperaba algo visceral y no intelectual.

Caca, culo, pedo, pis, jeje, jejejejeje.

Delirios de grandeza

En el libro Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, Slavoj Žižek reflexiona sobre  los problemas de Christa T., la protagonista de la novela de Christa Wolf Noticias sobre Christa T.. Esta novela narra la vida de Christa desde el Gymnasium hasta su muerte con 36 años. Cada una de sus decisiones y peripecias son un nuevo y fallido intento de dar sentido a su vida y a su trabajo, llegando a contemplar el suicidio. Su fracaso es resultado necesario de la excesiva afirmación de su subjetividad, de la búsqueda infructuosa de una auténtica realización personal. Según esta lectura Žižek ve a Christa T. como la última de una larga serie de héroes y heroínas de la novela europea moderna, empezando por Don Quijote, pasando por Julien Sorel y Madame Bovary, hasta Joseph K., todos ellos víctimas no de unas circunstancias sociales opresoras, sino más bien de su propia obsesión subjetivista, de su negativa a aceptar la vida tal como es, más allá de los grandiosos proyectos metafísicos que pretenden imponerle. 

Hoy en día también hay ilusos que teniendo todo excepto talento no renuncian a aspirar a grandes logros. Y se dan de bruces, primero con una situación social que no les favorece y segundo con esa excesiva afirmación de la subjetividad, que no es sino el fracaso en el pleno reconocimiento de la propia identidad. Daniel Johnston se reconocía como un maniaco depresivo con delirios de grandeza, lo que compensaba con su desbordante e inimitable talento para la música. Uno se puede permitir muchas cosas siendo Daniel Johnston, delirios de grandeza o lo que quiera. Y si no, baste de ejemplo el documental The Devil and Daniel Johnston, conmovedor testimonio de sus infinitas tropelías. Pero qué les queda a pobres diablos como Christa T., imposibles de saciar con la realidad, cuya vida cotidiana siempre les resultará anodina. La enfermedad de los jóvenes, la depresión, no es sino reflejo de esta incapacidad de dotarse a sí mismo de una identidad sociocultural y reconocerse en ella. Encontrar su sitio, que se suele decir. Quizá por eso el Arte, como estancia abstracta, es un lugar privilegiado para la configuración de la subjetividad y sirve a menudo de refugio para estos seres vulnerables.


Noticias sobre Christa T. pertenece a la corriente del Ankunftsroman, que sería la versión socialista de la antigua tradición alemana de la Bildungsroman. La novela de la “entrada en la nueva realidad (socialista)”, en la que un grupo de jóvenes alemanes del este aprende a abandonar sus expectativas excesivamente románticas y a aceptar la realidad de la RDA como espacio para su propia realización. En este caso concreto, el problema  de Christa T. es aceptarse a sí misma como espacio para su realización. Quizá la dificultad sea aceptar que la realización no depende de factores exteriores (sean más o menos favorecedores) sino de uno mismo, de la propia identidad y de la elección ética acometida. 


Y yo todo el día a cuestas con mis expectativas románticas. Sinceramente, estoy hasta el chichi de la subjetividad.