Es muy difícil ser punk, pero ellos lo consiguieron

Es muy difícil guardar coherencia en todos nuestros actos, por eso es muy difícil ser punk. Sin embargo, estos chicos sabían lo que se hacían. Consiguieron lo que nadie había conseguido y que aún les cuesta un mundo a los diseñadores gráficos. Desde Sniffin’ Glue, Panache, pasando por Punk Chainsaw, demuestran coherencia con sus ideales en cada uno de los procesos y decisiones que envuelven la edición de una publicación. Gracias a este saber hacer nació el fanzine, esa publicación autoeditada, herramienta de los marginales -aquellos cuyas aficiones, ideas o intereses culturales se encuentran en los márgenes de la cultura mainstream- para relacionarse, compartir y ampliar sus redes. El fanzine, ahora es objeto de culto envuelto en nostalgia, debido a que internet ya da cabida y espacio de encuentro a todos los gustos y aficiones habidos y por haber. En ocasiones, se ha convertido en una mera opción estética, un formato más; sin embargo, sigue manteniendo esa intención de mantenerse al margen, empezar de cero, empezar limpio, decidir por uno mismo, adaptarnos a nuestro mensaje, hacer lo que nos venga en gana con cada palabra, cada cuartilla, rotulador, revista, o periódico, y sobre todo, con las tijeras y el pegamento. Sobre todo, libertad.

En este artículo que escribí para la universidad, podéis leer cómo se llevó a cabo este proceso de adaptación del medio al mensaje, qué hay detrás de cada aspecto y decisión técnica o estética, porque ninguna es aleatoria y en resumen, cómo surgieron los fanzines punk tal y como los conocemos (o recordamos).

Advertisements

¡El punk no ha muerto!

gandia

Eloy Fernández Puerta dice en su libro Afterpop: La literatura de la implosión mediática:

“El punk siempre se presentó como gran estafa de la sociedad de consumo -como versión acelerada y obscenamente informalista de las premisas del pop-. La verdadera cultura pop -Disney, Spielberg- es idealista y moralista; el punk es su contrafigura. No diga: “El punk ha degenerado en pantomimas como Green Day”; Diga: “Milli Vanilli prueba que el punk sigue existiendo.”

Y yo digo que Gandia Shore, Ylenia es punk; intereconomía, la canción protesta de María Lapiedra, los fanzines y las casettes, Sticky Vicky, Benidorm, Josmar, Ramón el vanidoso, el pianista de Parada, los gitanos o la Yoli. Y muchos más que se me olvidan. Todos ellos demuestran que el punk sigue existiendo.

El deseo (insatisfecho) de ser punk de Belén Gopegui

Lo mejor: Iggy en la portada.
De la producción literaria de Belén Gopegui sólo conozco el principio y el final. Su primera novela La escala de los mapas parecía ser la punta de un iceberg grandioso y bien modelado. Un comienzo brillante con una novela que corta la respiración y produce taquicardias. Comencé Deseo de ser punk con la seguridad de estar volviendo a un lugar conocido y caliente. Además, una novela con una adolescente por protagonista y la palabra punk en el título pone el listón de mis expectativas muy alto, y por eso mismo debí haber previsto cuán dura podría ser la caída. He de reconocer que ignoro el intervalo entre estos libros, pero se me antoja infinito, pues la distancia que les separa es abismal.
 
Martina, la protagonista de Deseo de ser punk, es una adolescente perdida, esclava de unas circunstancias que en este caso todos compartimos ya que se sitúa en nuestro espacio – tiempo y valga añadir: crisis. En cuanto a la forma, se ordena como una novela epistolar escrita con gruesos trazos de compromiso social y que será y es inevitablemente comparada con El guardián entre el centeno, a pesar de que que no trasmite ni una milésima parte del sentir adolescente -tal y cómo sí hacía aquella-, quizá porque esta etapa le quede muy lejos a su autora.
 
En cuanto a las ideas políticas de Martina la autora ha intentado alejarlas de la postura frívola y hedonista del punk de la movida que se conforma con celebrar el momento presente -lo único que tenemos- y acercarlas a la postura del punk británico donde la consigna del “No futuro” no funciona como excusa para la fiesta, sino que era el detonante de una protesta a través de la música. Y no a través de una música cualquiera, sino de una “que te atraviesa el cuerpo de parte a parte” en palabras de Gopegui, una que escupe contra la sociedad, contra los que nos han negado el futuro. La música pretende funcionar en la novela cómo la estructura osea, dotando de originalidad y matices a un cuerpo de por sí flácido, pero sólo consigue sumar unas cuantas canciones que parecen elegidas aleatoriamente. Cae en la obviedad al establecer una dicotomía simplona entre las canciones que escuchan sus padres: las lentas, melancólicas, de amor, etc. y las que escucha ella: las más potentes y gamberras. Aunque parece resolverlo bien con la elección final que se supone una fusión de ambas categorías: una desgarradora versión que hace Iggy Pop de una de esas rancias canciones de sus padres. Ésta serviría de advertencia y a la vez de puente entre generaciones. Este sentido que le da a la música como vehículo de lucha y lugar de pertenencia resulta acertado en la medida que lo vincula al sentido político que tenía el punk británico a finales de los ochenta en una sociedad eternamente estigmatizada por una sangrante división de clases. Pero aunque la idea es correcta y potencialmente puede dar mucho juego para estructurar una novela, el medio escrito no es el sonoro y hay que hilar muy fino para dotarlo de la misma fuerza inmediata que tiene la música. 
En la forma la autora intenta adoptar el lenguaje y expresiones de un adolescente, ya que su voz, según Gopegui, no está coartada por lo literario. Desde luego al leer la novela da la impresión de haber conseguido su objetivo: parece escrito por un adolescente cualquiera. Un adolescente medio. Mediocre debería decir. La voz de Martina es genuinamente mediocre para expresarse. Como tal no es capaz de transmitir la rabia de esa edad, ni la mala hostia del punk, porque los adolescentes tienen los dientes y los puños, los ojos y las lágrimas, e incluso los labios y la lengua, pero no las palabras. La adolescente que llevo dentro esperaba leer un manifiesto sobre el punk exquisitamente escrito, tal y como estaba escrito La escala de los mapas, que trasmitiera de verdad lo que se siente en esa etapa. Sin embargo, no es capaz de traducirlos frustrados balbuceos adolescentes y se contenta en dejarlos tal cual, en aras de la autenticidad. Hay quien traduce esta angustia, compartida por el punk y la adolescencia, en lo que sería el equivalente lingüístico al ruido en la música. José Ángel Mañas lo lleva a cabo en la Tetralogía Kronen. Este autor intentaba adaptar los ideales del punk, el do it yourself y la emoción por encima de la técnica al proceso literario. Proclama un descenso a lo básico, la creación de un antiestilo, oralidad y anarquía, un retorno a lo pueril e ingenuo. Renuncia por tanto a cualquier tipo de norma y academicismo. Algunos de su métodos son la anarquía ortográfica (sustitución de la c por la k, y la v por la b), la utilización del argot y neologismos a través de la españolización de palabras extranjeras o a la transcripción de sonidos. Gopegui no llega a acercarse a la experimentación sobre el lenguaje y prefiere acatar las normas (lo que sinceramente agradezco) y aunque hay tímidos intentos de acercarse al argot, es demasiado inocente. Al intentar salirse del estereotipo se queda en un gris mate, lejos de ser radical y estableciéndose en el remanso de lo correcto. Hubiera sido una maniobra interesante acercarse a esa pornografía emocional de la que habla Mañas justo desde el lado que él desprecia, el lado del virtuosismo lingüístico y el apego a técnica brillante; el lado que justamente ella domina, o eso me hizo creer en La escala de los mapas.
La intencionada adaptación lingüística en mi opinión supone una enorme rémora que constriñe toda la novela al limitar sus formas de expresión. Y consolida mi convicción de que cualquier escritor tiene el deber de escribir bien, al margen de otras pretensiones literarias. La sintaxis, el léxico, la semiótica, etc. son las matemáticas más precisas y obtusas; pocos son los que tienen el don de manejarlas con genio. Belén Gopegui, que demostró ser conocedora de los secretos de la combinatoria léxico-sintáctica y de los resultados semióticos de tales malabarismos. Que forjó un estilo propio sin necesidad de terrorismos lingüísticos y dotándolo de una dureza y sequedad que ninguna k mal puesta alcanzaría, comete el error de bajar el nivel al de un adolescente. Como hijos del sistema educativo español todos sabemos cuán limitada es la capacidad de expresión de un adolescente. Incluso más allá de las fronteras del “guay”, “mazo”, “mierda” y el consabido repertorio de tacos, allí dónde los diarios íntimos y blogs con ínfulas literarias tienen su caldo de cultivo, la retórica de instituto sigue dejando mucho que desear. Al contrario de lo que opina Gopegui creo que la voz del adolescente no es que no esté coartada por lo literario, sino que carece de la libertad que otorga el dominio de lo literario y del poder de expresar certeramente una idea. La literatura es un corsé que resalta la figura, pero es duro de llevar. Quien no se quiera atener a sus broches que no lo haga, pero aquel que se atreva tendrá que lidiar con él. En Deseo de ser punk parece que algunos lazos se han quedado sueltos. Belén Gopegui le ha negado la potencia de una voz original y fuerte a Marina, cuando las ideas de esta eran dignas de haber sido escupidas con maestría. De este modo, sólo ha conseguido una fábula decadente en lugar de un grito desgarrador contra el futuro.

Defensa de Madrid

Más a cuento habría venido esta entrada el 2 de Mayo, pero recién pasadas las fiestas de San Isidro me han entrado ganas de dedicarle un ¡olé! a mi Madrid querido. A sus calles y sus plazas, al vermú de grifo y al cocido madrileño, a su discreción en sus festejos, y a lo castizo, con mucha honra. Para folklore tímido pero a la vez exaltado, los chotis madrileños y sus letras disfrutonas: El himno por excelencia a cantar en cualquier momento. Y sí, es Lola Flores cantando un chotis, a pesar de que mi madre se sorprenda cada vez que lo comento.

¡LA QUE QUIERA COGER PECES QUE SE MOJE EL TRALARÁ! Con esta frase mítica de La chica del 17 inauguramos la comida de San Isidro el pasado 15 de Mayo en casa de Cecilia, que acabó, como manda la tradición, en las vistillas. Y no pudo haber cosa más castiza que el concurso de talentos llamado “Tú si que Chotis”, el 12 de Mayo por la tarde. Eso sí que es sinvergonzonería para poner un nombre. ¡Toma ya! Y además oficiado por Olga María Ramos, estrella del Chotis internacional. Aquí otra versión de Madrid, esta vez cantado por ella. El vídeo es un despropósito, pero nótese el maravilloso juego de voces del minuto 1:30 en adelante.

Pero claro, qué van a decir los madrileños de Madrid, más que cosas buenas. Por eso copio dos párrafos de Ernest Hemingway extraídos de Muerte en la tarde en los que plasma su adoración por la ciudad y que me llegaron al corazón.

“Madrid, en cualquier caso, es un sitio curioso. No creo que llegue a gustarle a nadie cuando se va por primera vez. No tiene la catadura que uno espera que va a tener España. No es pintoresco. Es más moderno que pintoresco, no hay trajes regionales, no hay sombreros cordobeses, como no sea en la cabeza de algunos chalados, no hay castañuelas ni esa repugnante farsa de las cuevas de gitanos de Granada, por ejemplo. No hay en la ciudad un solo lugar de color local para los turistas. Y sin embargo, cuando se conoce Madrid, es la ciudad más simpática, y, un mes con otro, la de mejor clima del mundo. Las otras grandes ciudades son todas grandes ciudades típicas de provincias, andaluzas, o catalanas, o vascas o aragonesas o de cualquier otra provincia. Y la esencia, cuando realmente es la esencia, puede estar contenida en una botella de vidrio ordinario, no hacen falta etiquetas fantásticas; no hacen falta en Madrid trajes folklóricos. Cualquier clase de edificio que se construya, incluso aunque se parezca enormemente a los que se construyeron en Buenos Aires, cuando se le ve encuadrado en ese cielo de Madrid se sabe que uno está en Madrid. Y aunque Madrid no tuviera más que su Museo del Prado, valdría la pena ir a pasar allí un mes todas las primaveras si no tiene dinero suficiente para pasarse un mes en una ciudad europea. Pero cuando se puede tener al mismo tiempo el Prado y los toros, con El Escorial a dos horas apenas al Norte y Toledo al Sur, con una buena carretera que os llevará a Ávila y una buena carretera que os llevará a Segovia, y a un paso de Segovia, La Granja, se experimenta una pena muy grande pensando que, al margen del problema de la inmortalidad, será preciso morirse algún día y no volverlo a ver.”

Esa última frase es verdaderamente épica, a mi casi me salta la lagrimilla. ¡Olé por Ernesto! ¿a qué dan ganas de salir a festejar Madrid?

Delirios de grandeza

En el libro Lacrimae Rerum. Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio, Slavoj Žižek reflexiona sobre  los problemas de Christa T., la protagonista de la novela de Christa Wolf Noticias sobre Christa T.. Esta novela narra la vida de Christa desde el Gymnasium hasta su muerte con 36 años. Cada una de sus decisiones y peripecias son un nuevo y fallido intento de dar sentido a su vida y a su trabajo, llegando a contemplar el suicidio. Su fracaso es resultado necesario de la excesiva afirmación de su subjetividad, de la búsqueda infructuosa de una auténtica realización personal. Según esta lectura Žižek ve a Christa T. como la última de una larga serie de héroes y heroínas de la novela europea moderna, empezando por Don Quijote, pasando por Julien Sorel y Madame Bovary, hasta Joseph K., todos ellos víctimas no de unas circunstancias sociales opresoras, sino más bien de su propia obsesión subjetivista, de su negativa a aceptar la vida tal como es, más allá de los grandiosos proyectos metafísicos que pretenden imponerle. 

Hoy en día también hay ilusos que teniendo todo excepto talento no renuncian a aspirar a grandes logros. Y se dan de bruces, primero con una situación social que no les favorece y segundo con esa excesiva afirmación de la subjetividad, que no es sino el fracaso en el pleno reconocimiento de la propia identidad. Daniel Johnston se reconocía como un maniaco depresivo con delirios de grandeza, lo que compensaba con su desbordante e inimitable talento para la música. Uno se puede permitir muchas cosas siendo Daniel Johnston, delirios de grandeza o lo que quiera. Y si no, baste de ejemplo el documental The Devil and Daniel Johnston, conmovedor testimonio de sus infinitas tropelías. Pero qué les queda a pobres diablos como Christa T., imposibles de saciar con la realidad, cuya vida cotidiana siempre les resultará anodina. La enfermedad de los jóvenes, la depresión, no es sino reflejo de esta incapacidad de dotarse a sí mismo de una identidad sociocultural y reconocerse en ella. Encontrar su sitio, que se suele decir. Quizá por eso el Arte, como estancia abstracta, es un lugar privilegiado para la configuración de la subjetividad y sirve a menudo de refugio para estos seres vulnerables.


Noticias sobre Christa T. pertenece a la corriente del Ankunftsroman, que sería la versión socialista de la antigua tradición alemana de la Bildungsroman. La novela de la “entrada en la nueva realidad (socialista)”, en la que un grupo de jóvenes alemanes del este aprende a abandonar sus expectativas excesivamente románticas y a aceptar la realidad de la RDA como espacio para su propia realización. En este caso concreto, el problema  de Christa T. es aceptarse a sí misma como espacio para su realización. Quizá la dificultad sea aceptar que la realización no depende de factores exteriores (sean más o menos favorecedores) sino de uno mismo, de la propia identidad y de la elección ética acometida. 


Y yo todo el día a cuestas con mis expectativas románticas. Sinceramente, estoy hasta el chichi de la subjetividad.

La nostalgia

“Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, mas irresistible es la voz que nos incita al regreso. Esta sentencia puede parecer un lugar común, sin embargo es falsa. El ser humano envejece, el final se acerca, cada instante pasa a ser más apreciado, ya no queda tiempo que perder con recuerdos. Hay que comprender la paradoja matemática de la nostalgia, esta se manifiesta con más fuerza en la primera juventud, cuando el volumen de la vida pasada es todavía insignificante.”

Milan kundera.

Entonces yo debo estar en la primera juventud.