El deseo (insatisfecho) de ser punk de Belén Gopegui

Lo mejor: Iggy en la portada.
De la producción literaria de Belén Gopegui sólo conozco el principio y el final. Su primera novela La escala de los mapas parecía ser la punta de un iceberg grandioso y bien modelado. Un comienzo brillante con una novela que corta la respiración y produce taquicardias. Comencé Deseo de ser punk con la seguridad de estar volviendo a un lugar conocido y caliente. Además, una novela con una adolescente por protagonista y la palabra punk en el título pone el listón de mis expectativas muy alto, y por eso mismo debí haber previsto cuán dura podría ser la caída. He de reconocer que ignoro el intervalo entre estos libros, pero se me antoja infinito, pues la distancia que les separa es abismal.
 
Martina, la protagonista de Deseo de ser punk, es una adolescente perdida, esclava de unas circunstancias que en este caso todos compartimos ya que se sitúa en nuestro espacio – tiempo y valga añadir: crisis. En cuanto a la forma, se ordena como una novela epistolar escrita con gruesos trazos de compromiso social y que será y es inevitablemente comparada con El guardián entre el centeno, a pesar de que que no trasmite ni una milésima parte del sentir adolescente -tal y cómo sí hacía aquella-, quizá porque esta etapa le quede muy lejos a su autora.
 
En cuanto a las ideas políticas de Martina la autora ha intentado alejarlas de la postura frívola y hedonista del punk de la movida que se conforma con celebrar el momento presente -lo único que tenemos- y acercarlas a la postura del punk británico donde la consigna del “No futuro” no funciona como excusa para la fiesta, sino que era el detonante de una protesta a través de la música. Y no a través de una música cualquiera, sino de una “que te atraviesa el cuerpo de parte a parte” en palabras de Gopegui, una que escupe contra la sociedad, contra los que nos han negado el futuro. La música pretende funcionar en la novela cómo la estructura osea, dotando de originalidad y matices a un cuerpo de por sí flácido, pero sólo consigue sumar unas cuantas canciones que parecen elegidas aleatoriamente. Cae en la obviedad al establecer una dicotomía simplona entre las canciones que escuchan sus padres: las lentas, melancólicas, de amor, etc. y las que escucha ella: las más potentes y gamberras. Aunque parece resolverlo bien con la elección final que se supone una fusión de ambas categorías: una desgarradora versión que hace Iggy Pop de una de esas rancias canciones de sus padres. Ésta serviría de advertencia y a la vez de puente entre generaciones. Este sentido que le da a la música como vehículo de lucha y lugar de pertenencia resulta acertado en la medida que lo vincula al sentido político que tenía el punk británico a finales de los ochenta en una sociedad eternamente estigmatizada por una sangrante división de clases. Pero aunque la idea es correcta y potencialmente puede dar mucho juego para estructurar una novela, el medio escrito no es el sonoro y hay que hilar muy fino para dotarlo de la misma fuerza inmediata que tiene la música. 
En la forma la autora intenta adoptar el lenguaje y expresiones de un adolescente, ya que su voz, según Gopegui, no está coartada por lo literario. Desde luego al leer la novela da la impresión de haber conseguido su objetivo: parece escrito por un adolescente cualquiera. Un adolescente medio. Mediocre debería decir. La voz de Martina es genuinamente mediocre para expresarse. Como tal no es capaz de transmitir la rabia de esa edad, ni la mala hostia del punk, porque los adolescentes tienen los dientes y los puños, los ojos y las lágrimas, e incluso los labios y la lengua, pero no las palabras. La adolescente que llevo dentro esperaba leer un manifiesto sobre el punk exquisitamente escrito, tal y como estaba escrito La escala de los mapas, que trasmitiera de verdad lo que se siente en esa etapa. Sin embargo, no es capaz de traducirlos frustrados balbuceos adolescentes y se contenta en dejarlos tal cual, en aras de la autenticidad. Hay quien traduce esta angustia, compartida por el punk y la adolescencia, en lo que sería el equivalente lingüístico al ruido en la música. José Ángel Mañas lo lleva a cabo en la Tetralogía Kronen. Este autor intentaba adaptar los ideales del punk, el do it yourself y la emoción por encima de la técnica al proceso literario. Proclama un descenso a lo básico, la creación de un antiestilo, oralidad y anarquía, un retorno a lo pueril e ingenuo. Renuncia por tanto a cualquier tipo de norma y academicismo. Algunos de su métodos son la anarquía ortográfica (sustitución de la c por la k, y la v por la b), la utilización del argot y neologismos a través de la españolización de palabras extranjeras o a la transcripción de sonidos. Gopegui no llega a acercarse a la experimentación sobre el lenguaje y prefiere acatar las normas (lo que sinceramente agradezco) y aunque hay tímidos intentos de acercarse al argot, es demasiado inocente. Al intentar salirse del estereotipo se queda en un gris mate, lejos de ser radical y estableciéndose en el remanso de lo correcto. Hubiera sido una maniobra interesante acercarse a esa pornografía emocional de la que habla Mañas justo desde el lado que él desprecia, el lado del virtuosismo lingüístico y el apego a técnica brillante; el lado que justamente ella domina, o eso me hizo creer en La escala de los mapas.
La intencionada adaptación lingüística en mi opinión supone una enorme rémora que constriñe toda la novela al limitar sus formas de expresión. Y consolida mi convicción de que cualquier escritor tiene el deber de escribir bien, al margen de otras pretensiones literarias. La sintaxis, el léxico, la semiótica, etc. son las matemáticas más precisas y obtusas; pocos son los que tienen el don de manejarlas con genio. Belén Gopegui, que demostró ser conocedora de los secretos de la combinatoria léxico-sintáctica y de los resultados semióticos de tales malabarismos. Que forjó un estilo propio sin necesidad de terrorismos lingüísticos y dotándolo de una dureza y sequedad que ninguna k mal puesta alcanzaría, comete el error de bajar el nivel al de un adolescente. Como hijos del sistema educativo español todos sabemos cuán limitada es la capacidad de expresión de un adolescente. Incluso más allá de las fronteras del “guay”, “mazo”, “mierda” y el consabido repertorio de tacos, allí dónde los diarios íntimos y blogs con ínfulas literarias tienen su caldo de cultivo, la retórica de instituto sigue dejando mucho que desear. Al contrario de lo que opina Gopegui creo que la voz del adolescente no es que no esté coartada por lo literario, sino que carece de la libertad que otorga el dominio de lo literario y del poder de expresar certeramente una idea. La literatura es un corsé que resalta la figura, pero es duro de llevar. Quien no se quiera atener a sus broches que no lo haga, pero aquel que se atreva tendrá que lidiar con él. En Deseo de ser punk parece que algunos lazos se han quedado sueltos. Belén Gopegui le ha negado la potencia de una voz original y fuerte a Marina, cuando las ideas de esta eran dignas de haber sido escupidas con maestría. De este modo, sólo ha conseguido una fábula decadente en lugar de un grito desgarrador contra el futuro.

Dices que no me gusta David Lynch

Nunca me he cansado de afirmar que mi película preferida de David Lynch es Una historia verdadera, con lo que la gente concluía que no me gustaba David Lynch. He de decir que las historias sobre relaciones de hermanos me fascinan en cualquiera de sus variaciones, desde Inseparables de David Cronenberg, pasando por Basket Case de Frank Hennenloter a las hermanas Bennet o Dashwood en las novelas de Jane Austen. Además Una historia verdadera siempre ha tenido para mí un atractivo que no tenían el resto de películas de Lynch. Si estas no me sedujeron fue debido a su homogeneización con el resto de la producción cultural contemporánea. Me explico.

En el arte la corrupción, putrefacción, carnalidad, perturbación y asco son conceptos que se manejan en mucha de la producción artística posterior a los años 70. La Nueva carne y la figura del cuerpo posthumano a la búsqueda de una vuelta de tuerca cada vez más salvaje. También en entornos académicos las recientes teorías de género están ilustradas por la pornografía, en concreto con ejemplos sacados del postporno, una corriente pornográfica que nació en EEUU en los años 90 y que pretende salirse de la industria y “representar las sexualidades alternativas” (¿lluvia arco-iris?).

Un efecto de esta cultura que se alimenta (más bien, se engorda) del exceso en todos los territorios es la pérdida por parte de la perversión de su cualidad de subversión. Otra consecuencia lógica del abuso y posterior normalización del desvío es una progresiva anestesia de la sensibilidad a este tipo de estímulos. Yo, a pesar de que lo último que soy es inmune a los bombardeos culturales de turno o a cualquier efecto negativo que puedan provocar, no me sentí especialmente impactada por sus películas anteriores (exceptuando El hombre elefante que me hizo llorar a mares, pero esa es otra historia).  
En cambio, Una historia verdadera, aparentemente inofensiva y para toda la familia,  se encuentra enmarcada por un despliegue de pervertidos, desviaciones sexuales y comportamientos violentos cómo es la enfermiza filmografía de Lynch. Me llamó la atención justamente por estar completamente fuera de lugar. A straight story ya en su título original (y en su producción: Walt Disney) dejaba claro el cambio de registro.

Al final ha sido de nuevo Slavoj Žižek el que me ha aclarado las ideas y dado una pista sobre el origen de mi fascinación por Alvin Straight, un personaje de primeras tradicional y aferrado a unos valores aparentemente caducos. Žižek plantea que es exactamente esto lo que le hace especial ya que su férreo posicionamiento en favor de la fidelidad fraternal se alza como lo verdaderamente subversivo en un mundo posmoderno donde el compromiso ético radical es percibido como algo ridículo y trasnochado. Alvin es auténticamente extravagante en tal coyuntura. El sujeto ético se opone al sujeto posmoderno adaptado al orden existente y sosteniéndolo a base de añadir nuevas invenciones al gran saco de la perversión y caracterizado por, lo que sería la característica auténtica del sujeto posmoderno: una frialdad que persiste tras la normalización sistemática.

De este modo, el sujeto ético es el que más amenaza el orden existente, y la serie de pervertidos lyncheanos (Frank en Terciopelo Azul o Bobby Perú en Corazón Salvaje) en último término sólo lo sostienen. Para entenderlo mejor, tomemos como ejemplo el extremo enfermo de la actitud ética, el trastorno obsesivo compulsivo, que se caracteriza por la rigidez de su naturaleza moral. Mientras que la ética la definimos como el conjunto de valores y principios ideológicos que rigen el bien común y social de las personas, la moral es el orden de principios personales, en el sentido de cómo la persona se relaciona con la ética. En este caso la excesiva rigidez moral provoca que cualquier traición a la ética suponga una traición a uno mismo. En el momento en que se busque la normalización del sujeto enfermo, esta actitud ética (obsesiva) ha ser traicionada, por ejemplo, para entrar en una relación sentimental estándar o conseguir un trabajo rutinario. Se producirán por tanto conflictos o luchas entre su moral personal y la moral que impera en las amistades, la sociedad o en la propia familia. Al margen de trastornos mentales, con cualquier normalización de un sujeto se pierde la actitud ética propia y también lo que le da su atractivo como persona, se convierte en un cálido ser humano, vulgar y aburrido. En la vertiente malvada la elección ética se puede acercar en sí misma a una perversión si el Mal fuera una especie de misión para el sujeto ético, en cuyo caso, estaría más acorde con el tono mantenido actualmente por aparato cultural-económico, obligado a tolerar y promover el impacto en sus productos.

La actitud ética radical de Alvin, aferrada a la fidelidad fraternal, no es en absoluto un camino de rosas y los obstáculos que se presentan le llegan a poner en peligro de muerte, la Fidelidad es su misión. Alvin es el verdadero personaje original y poético. El contrapunto perfecto a toda una filmografía plagada de transgresiones, Alvin Straight es una renuncia a la transgresión, una renuncia a continuar con el discurso dominante.

Azotar antes de usar

Advertencia: Todas mis impresiones sobre Un método peligroso se deben a un exceso de expectativas y unas ideas preconcebidas de lo que es (y ha de ser) “Cronenberg”. Si se tratara de cualquier otro, es decir, de un cualquiera, incluso podría decir que me ha gustado, pero en este caso no puedo más que sentir una profunda decepción.

Se pueden presentar comportamientos y obsesiones sexuales sin aspavientos, tal y como ocurre en Crash. Y al contrario hacer del hecho más anodino y común un festival de retorcidas aventuras, que es el caso de Una historia de violencia. Esas contradicciones y vueltas de tuerca que tanto me gustan de las películas de David Cronenberg aparecen en la película que aquí nos atañe edulcoradas y simplificadas. Empezando por lo que menos me ha gustado: Keira Knightley. Su personaje se sustenta en unas cuantas muecas y en una milagrosa recuperación que parece basarse en la aceptación de su masoquismo y la superación del sentimiento de culpa. Su trastorno masoquista queda reducido a un estereotipo ridículo que no arriesga lo más mínimo, pues a nadie le sorprenden ya cuatro azotes en el trasero. Resolverlo así parece una solución demasiado sencilla, teniendo en cuenta la facilidad de Cronenberg para reflejar asuntos escabrosos y de tipo sexual desde una perspectiva, ya no realista, sino cruda, sin concesiones y sin autocensura. Aunque hay quien pueda decir que sus historias son retorcidas, no se trata de provocación gratuita, pues las imágenes que crea por más surrealistas que parezcan -pienso ahora en Inseparables o incluso en las repulsivas transformaciones de La mosca-, tienen su eco en la realidad y hacen referencia a un aspecto de la naturaleza humana que no suele ser reflejado en las películas. Por eso la falta de sutilidad de Un método peligroso me indigna.

No puedo dejar de pensar en Secretary, película que trata el masoquismo (y como su complementario también el sadismo) cómo tema principal de un modo esclarecedor, presentándolo como una tendencia sexual que afecta no sólo al momento del acto sexual, sino a todos los ámbitos de la vida. En la película de Cronenberg esto queda bien explicado por Sabina Spielrein en su primera sesión psicoanalítica, cuando explica que toda humillación, por mínima que sea, le excita. Pero está declaración se queda en agua de borrajas en el resto del metraje. Sin embargo, la escena de Secretary en la que la protagonista se masturba mirando las pequeñas correcciones que ha hecho su jefe en su texto mecanografiado es la plasmación perfecta en imágenes de lo que Sabina explica, y no hacía falta decir nada más.

Un tema que de base podría ser controvertido, se encuentra reducido a su más mínima y ramplona expresión. Se basa, por el amor de Dios, en una teoría con implicaciones psicológicas infinitamente más interesantes que el masoquismo. La excusa de que ese no es el tema principal de la película y por eso no está desarrollado, no sirve, pues no es necesario simplificar un tema secundario pudiendo insinuarlo de un modo elegante sin necesidad de profundizar. Además, igual que el trastorno de Sabina, todos los temas y líneas que recorre se van diluyendo a medida que avanza la película, la relación Jung – Sabina, la relación Jung – Freud, los polémicos inicios de la teoría psicoanalítica, el debate teórico entre Jung y Freud… sin dejar ningún poso en el espectador.

Para ahorrarme muchas otras críticas amargas sobre Viggo Mortensen como Freud o sobre el final de la película, mencionaré lo único que me ha gustado, y es como parece que la construcción de los personajes depende directamente de lo expuesto en la teoría psicoanalítica sobre las tres instancias que componen la psique humana: Sabina con un Ello incapaz de reconciliarse con su Yo, la lucha del enorme y represor SuperYó del Dr. Jung con un Ello en aumento y Freud, curiosamente, como el perfecto equilibrio de las tres instancias. Por ello, acaban resultando personajes planos, dominados por pulsiones primitivas o represiones morales. El más claro ejemplo es el  personaje de Vincent Cassel cuya única función es espolear los deseos reprimidos del Dr. Jung. Es ni más ni menos que su Ello en persona. Esta traslación del tema a la trama es lo más interesante que encuentro y sin embargo, no me acaba de convencer en Cronenberg, pues yo esperaba algo visceral y no intelectual.

Caca, culo, pedo, pis, jeje, jejejejeje.